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Apostadero artesanal
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Tres simples recursos permitirán durante el
acecho contar con un práctico apoyo estable y
con un apostadero liviano, de fácil transporte. |
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| Por Luis Festa* |
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Los
errores que los cazadores cometemos tras largas horas apostados
aguardando la aparición de jabalíes nos obligan
a agudizar la imaginación para, en el futuro, evitar
repetirlos. En invierno, a las seis de la tarde es momento
de comenzar la cacería, lo cual implica permanecer
casi inmóvil durante ocho o nueve horas. Momento en
que muchos de nosotros solemos crear pequeños inventos
para lograr eficacia y perfeccionar la técnica.
EL APOYO. Si nos encontramos en un apostadero
de los comunes en los campos pampeanos, no tendremos inconvenientes
para apoyar el fusil en el borde inferior de la ventana, que
de ser muy bajo podremos suplementar con un abrigo doblado.
Si, en cambio, la abertura es demasiado grande o carece de
marco, como suele ocurrir con las tarimas, cabinas y algunos
otros artilugios, lo ideal es construir un apoyo sólido
que asegure efectuar un disparo certero. Lo mismo ocurre cuando
nos apostamos en el piso, al borde de un rastrojo o salitral.
Es en estos momentos, entonces, cuando se activa la fértil
imaginación del cazador para poner a prueba todo: estacas,
palos cruzados, sogas atadas a las ramas de los árboles,
bastones regulables... Todo sin lograr buenos resultados,
hasta que aparece un idea superadora: el trípode de
la máquina fotográfica. Fue así como
encontré el apoyo perfecto: sólido e inmóvil,
por repartir el peso en tres patas y ajustarse a cualquier
altura o desnivel del piso. El paso siguiente fue construir
una “U” abierta en chapa liviana, y soldarle en
su base una tuerca del mismo paso que tiene el tornillo que
posee el trípode para fijar la cámara. Con esta
sencilla y económica base de apoyo he disparado a padrillos
a más de 300 m... ¡Y he dado en el blanco!
LA COBERTURA. En invierno o verano, si tenemos
que cazar en ámbitos sin construcciones donde guarecernos
de la helada o el rocío, acudimos a toda suerte de
precarios resguardos: ponchos de agua, sobretechos de carpas...
La solución ideal la adquirí por pocos pesos:
una sombrilla de playa de tela plástica a la que le
dibujé un camuflaje con aerosoles de pintura verde
y marrón, logrando un aceptable acabado. Luego la sujeté
con hilo grueso al apoyabrazo derecho de un sillón
director plegable, y regulé su altura hasta dejarla
a unos 15 cm sobre mi cabeza. Los tres elementos: trípode,
sombrilla y sillón tienen un bajo costo y nos permitirán
permanecer cómodos y protegidos de las inclemencias
del clima. Además, son livianos y fáciles de
transportar.
INDUMENTARIA. Un error en la elección
de la indumentaria, especialmente en invierno, puede significar
el fracaso de la cacería en el mejor de los casos,
y una enfermedad en el peor. En La Pampa las temperaturas
invernales suelen descender a varios grados bajo cero, y si
a ello unimos la necesidad de permanecer quietos, debemos
extremar la atención que requiere nuestra vestimenta.
Muchos acuden a la sencilla solución de introducirse
en una bolsa de dormir, la cual he desestimado hace muchos
años por el cambio brusco de temperatura corporal que
significa salir de la confortable cobertura para regresar
al alojamiento o para ir a rastrear un jabalí. La experiencia
señala también que debemos prescindir de las
prendas de algodón y utilizar conjuntos de camiseta
y pantalón de fibras aislantes, como el polipropileno,
que a su vez permiten la evaporación de la humedad
corporal. Luego, un pullover de lana y, arriba, un buzo de
polar. Por encima de todo, chaquetón y pantalón
de loneta o gabardina, telas que producen poco ruido con el
roce inevitable, y que se confeccionan con polar interior
y fibras de material aislante como capa intermedia. Entonces
sí la cacería será un lujo, y no el padecimiento
que a veces pretenden hacernos creer.
* Especialista en caza mayor.
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